Martes. 14.08.2018
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HISTORIA Y MISTERIO

Las Leyendas del Pueblo y Castillo de Trasmoz, con sus "brujas y aquelarres".

Javier Cabrejas Fernandez de Avila nos hablará cada lunes sobre lugares mágicos de nuestro entorno.

Una nueva sección que comenzó el lunes 4 de junio hablando sobre Javier Cabrejas Fernandez de AvilaLas Leyendas del Pueblo y Castillo de Trasmoz. y el lunes 11 de junio, continuamos hablando de Trasmoz pero esta vez nos centramos en sus famosas "Brujas y Aquelarres"

Castillo de Trasmoz
Castillo de Trasmoz
Las Leyendas del Pueblo y Castillo de Trasmoz, con sus "brujas y aquelarres".

LUGARES MAGICOS:

Solemos pensar, que los lugares más interesantes de visitar, aquellos que provocaran conmoción por la belleza de su paisaje, por su misterio, su magia o su carácter sagrado se hayan lejos de nosotros. Y nos equivocamos, pensando así. 

En nuestro entorno más cercano, podemos encontrar lugares  que desde tiempos inmemoriales fueron considerados sagrados por nuestros ancestros y a día de hoy aun puede respirarse el aroma y sentirse el ambiente sobrenatural que engloba lo enigmático y lo mágico. Donde el folclore y las leyendas se convierten en parte fundamental de la historia.

 

LEYENDAS DEL PUEBLO Y CASTILLO DE TRASMOZ - I

“Verdad es que, como ya creo haber dicho antes de ahora, hay aquí en todo cuanto a uno le rodea, un no sé qué de agreste, misterioso y grande que impresiona profundamente el ánimo y predispone a creer en lo sobrenatural” 
Estas palabras, escritas por el gran Gustavo Adolfo Bécquer, (el cual nos guiara con sus letras por más de un programa), son la introducción perfecta para conducirnos a nuestro primer destino. Un pequeño pueblo del Somontano del Moncayo, coronado por los restos de un castillo, supuestamente diabólico, cuya silueta se recorta contra el bellísimo y mítico Moncayo que se divisa desde buena parte de la ribera, y que marca la divisoria entre las comunidades de Castilla, Aragón y Navarra.

Nos referimos a Trasmoz. El único pueblo español oficialmente maldito y excomulgado por la iglesia católica, y cuya excomunión no ha sido revocada todavía.

Su pasado, sus brujas y sus aquelarres, su nigromante, acompañan de forma indeleble a este lugar, añadiéndole un cariz único e inigualable. Capaz de atrapar y embrujar con su encanto, a quien camine por sus alrededores y sus calles empinadas y estrechas.

Como hemos descrito, es de Trasmoz su castillo, lo que más resalta al viajero cuando divisa el pueblo por primera vez. Y es sobre este mismo, del que empezaremos a conocer sus leyendas y su historia.

A dos personas principalmente, debemos que el castillo de Trasmoz no haya perdido su encanto y sus leyendas. 

EL primero es sin duda Gustavo Adolfo Bécquer, quien en su estancia en 1864 en el cercano Monasterio de Veruela, mientras convalecía de la enfermedad que le llevaría a la muerte, escribió una serie de artículos para el periódico El Contemporáneo, que se recopilaron en el libro “Cartas desde mi Celda” y en el que hacia una detallada descripción de la zona y de muchas de las leyendas, entre ellas la de su construcción del castillo, la cual detallaremos después. 
Pero no podemos olvidarnos de la segunda persona a quien debemos de agradecer su labor. Es Manuel Jalón Corominas, el famoso inventor de la fregona y de la jeringuilla desechable, quien se enamoro del mismo a primera vista y adquirió después en subasta pública en 1975. Esta fue su primera impresión:

“Al llegar cerca del desvió que conduce a vera del Moncayo, me dio un vuelco el corazón solo ante la duda de que el castillo que se ofrecía en venta, pudiera ser lo que se aparecía en el horizonte como un barco varado en la cumbre de un cerro, enmarcado en un esplendido panorama con la silueta al fondo del soberbio Moncayo.

Sus torres truncadas, murallas desgarradas y lienzos quebrados, ennoblecidos con la patina que han ido dejando la caricia del sol y el azote del viento en siglos de soledad, me han traído el grito de los hombres que los habían construido, defendido y atacado, cantado y destruido”

En 1980, Manuel Jalón crea la Fundación Castillo de Trasmoz, en la que trabajo para conocer todos los secretos de la fortaleza, desde su historia, sus dueños, hasta lo que escondía en sus entrañas. Fruto de esta Fundación, el castillo fue sometido a varias campañas arqueológicas dirigidas por el profesor de la universidad de Zaragoza José Luis Corral, que han permitido conocer muchos de los datos de este castillo. 

La historia oficial, nos cuenta que el castillo fue mandado edificar por Alfonso I El Batallador en 1120 una vez reconquistada la zona a los moros, dada la situación de frontera en la que se encuentra Trasmoz, y que tuvo varios dueños, hasta que en 1520 y por causa de un incendio en el que se derrumbo parte de su torre del homenaje, quedo abandonado. 

Pero no siempre la historia y la lectura oficial de las cosas, es la única y tanto para su construcción como para su abandono, sendas leyendas nos hablan de una historia diferente.  

Bécquer se hace eco en su carta séptima del libro antes mencionado, “Cartas desde mi Celda” de una visión distinta. Y nos cuenta como en tiempos de dominación mora, apareció en la comarca un pobre viejo, vestido con una túnica raída y remendada y adornado con un turbante sucio y hecho jirones, y un báculo tan fuerte como tosco y nudoso, componiendo todo su equipaje unas alforjas. 

Camino de Trasmoz se cruzo con el rey musulmán de Tarazona quien contemplaba el paisaje de las faldas del Moncayo, y comentaba que esa pequeña pedanía de pastores que por entonces constaba de unas quince o veinte casas, sería un lugar propicio por su inclinación y las vistas para tener un castillo. El viajo que lo escucho, le propuso un pacto:

 “— Si me le dais en alcaidía perpetua, yo me comprometo á llevaros mañana á vuestro palacio sus llaves de oro. 

Rieron grandemente el rey y los suyos de la extravagante proposición del mendigo, de modo que arrojándole una pequeña pieza de plata al suelo,  á manera de limosna, contéstale el soberano con aire de zumba: 

— Tomad esa moneda para que compréis unas cebollas y un pedazo de pan con que desayunaros, señor alcaide de la improvisada fortaleza de Trasmoz, y dejadnos en paz proseguir nuestro camino. Y, esto diciendo, le apartó suavemente á un lado de la senda. 

— ¿Luego me confirmáis en la alcaidía? añadió el pobre viejo, en tanto que se bajaba para recoger la moneda, y dirigiéndose en alta voz hacia los que ya apenas se distinguían entre la nube de polvo que levantaron los caballos, un punto detenidos, al arrancar de nuevo. 

— Seguramente díjole el rey desde lejos y cuando ya iba á doblar una de las vueltas del monte; pero con la condición de que esta noche levantarás el castillo, y mañana irás á Tarazona á entregarme las llaves.” 

El peregrino, nigromante en realidad, se esforzó durante las horas de sueño en conjurar los esfuerzos de todos los espíritus del aire, de la tierra, del fuego y de las aguas. Allí en aquella noche, se dieron cita hasta los gnomos forjadores hierro entre una infinita muchedumbre de seres invisibles y misteriosos que, encadenados a su palabra por la fuerza de los conjuros, esperaban sumisos sus órdenes.

Estas órdenes, dirigidas desde lo alto de un montículo, las leía el nigromante de un gran libro carcomido y viejo, en el que tintados de varios colores, se agrupaban los caracteres en árabe, caldeo y siriaco, amén de figuras y de símbolos misteriosos. 

Asi narra Becquer este momento mágico:

“El agua de los torrentes próximos saltaba y se retorcía en el cauce, espumarajeando é irguiéndose como una culebra furiosa; el aire, agitado y terrible, zumbaba en los huecos de las peñas, levantaba remolinos de polvo y de hojas secas, y sacudía, inclinándolas hasta el suelo, las copas de los árboles. 
Las rocas crujían como si sus grietas se dilatasen, é impulsadas de una fuerza oculta é interior, amenazaban volar hechas mil pedazos. Los troncos más corpulentos arrojaban gemidos y chasqueaban, próximos á hendirse, como si un súbito desenvolvimiento de sus fibras fuese á rajar la endurecida corteza. Al cabo, y después de sentirse sacudido el monte por tres veces, las piedras se desencajaron y los árboles se partieron, y árboles y piedras comenzaron á saltar por los aires en furioso torbellino, cayendo semejantes á una lluvia espesa en el lugar que de antemano señaló el nigromante á sus servidores. Los colosales troncos y los inmensos témpanos de granito y pizarra oscura, que eran como arrojados al azar, caían, no obstante, unos sobre otros con admirable orden, é iban formando una cerca altísima á manera de bastión, que el agua de los torrentes, arrastrando arenas, menudas piedrecillas y cal de su alveolo, se encargaba de completar, llenando las hendiduras con una argamasa indestructible.”

A la mañana siguiente los escasos habitantes, se verían sorprendidos, ya que de la noche a la mañana, se encontraron con una fortaleza imponente. Y hasta al mismo Rey de Tarazona llegaron esa mañana la narración de los hechos: 

“Señor, hacia la parte de la raya de Castilla sucede una cosa extraordinaria. Sobre la cumbre del monte de Trasmoz, y donde ayer no se encontraban más que rocas y matorrales, hemos descubierto al amanecer un castillo tan alto, tan grande y tan fuerte como no existe ningún otro en todos vuestros estados”
Al oír el rey este mensaje, se acordó de su encuentro el día anterior con el peregrino, y mando preparar su caballo… 

Tocaba el rey casi á la cúspide de esta altura, conocida hoy por la Ciezina, cuando, con gran asombro suyo y de los que le seguían, vio venir á su encuentro al viejecito de las alforjas, con la misma túnica raída y remendada del día anterior. Detúvose el rey delante del viejo, y éste, postrándose de hinojos y sin dar lugar á que le preguntara cosa alguna, sacó de las alforjas, envueltas en un paño de púrpura, dos llaves de oro, de labor admirable y exquisita, diciendo al mismo tiempo que las presentaba á su soberano: 

— Señor, yo he cumplido ya mi palabra; á vos toca sacar airosa de su empeño la vuestra. 

— Pero ¿no es fábula lo del castillo? — preguntó el rey entre receloso y suspenso, y fijando alternativamente la mirada, ya en las magníficas llaves que por su materia y su inconcebible trabajo valían de por sí un tesoro.

— Dad algunos pasos más y le veréis, respondió el alcaide;
Dio algunos pasos más el soberano; llegó á lo más alto de la Ciezma, y en efecto, el castillo de Trasmoz apareció á sus ojos, no tal como hoy se ofrecería á los de ustedes, si por acaso tuvieran la humorada de venir á verlo, sino tal como fue en lo antiguo, con sus cinco torres gigantescas, su atalaya esbelta, sus fosos profundos, sus puertas chapeadas de hierro, fortísimas y enormes, su puente levadizo y sus muros coronados de almenas puntiagudas.
Y así termina esta leyenda que el Bécquer, parece dejar incompleta.

Sabemos que la Fortaleza de Trasmoz fue totalmente abandonada hacia 1520 por culpa de un incendio cuando su dueño era Pedro Manuel Jiménez de Urea. Pero también existe una pequeña leyenda, llena de encanto y de tragedia sobre la misma.

Esta leyenda publicada en forma de relato por Jiménez Catalán en 1927 nos habla de que El Señor de Trasmoz, y caballero cristiano de mil batallas, adopta a una huérfana de doce a catorce años, hija de un intimo amigo suyo. La cuida y la mima, rodeándola de lujos y trato esmerado. Con el tiempo se enamora secretamente de ella, pero siempre sabe respetarla y no le manifiesta jamás sus sentimientos.

Un buen día un apuesto caballero al que la noche sorprende por estos parajes, solicita hospedarse en la fortaleza. 

El señor de Trasmoz le trata con la cortesía que le era acostumbrada. Por la mañana, todos juntos recorren el castillo. En un momento determinado, el invitado muestra deseos de subir a lo alto de la torre del homenaje, y por indicación del Señor, la doncella lo acompaña. Pasado unos minutos, malos pensamientos empiezan a apoderarse de la mente del  dueño de la fortaleza, quien decide ascender también. 

En lo alto de la torre sorprende a los dos jóvenes besándose. 
Muestra su contrariedad, les invita a que se casen, ofrece a la doncella la posesión de todos sus dominios y, acto seguido, da un gran salto cayendo al vacio; suicidándose por amor. 
Con la pompa necesaria es enterrado el cadáver. Los enamorados deciden pronto alejarse del castillo. Y ahí empieza la decadencia absoluta del castillo. 

 

TRASMOZ: LEYENDAS DE BRUJAS Y AQUELARRES.

“De las brujas de Trasmoz, que de unas a otras se heredan, y así sostienen su fama; no habléis mal, porque se vengan” 
Creo que es imposible, no unir el nombre de este pueblo a la figura de la brujería. 

De hecho no sé si muchos conocen, que fue por las prácticas de brujería por la que Trasmoz, es el único pueblo español excomulgado a día de hoy, desde que en el siglo XIII y por orden papal se dictara esta resolución, en contra de la actividad de sus brujas y de sus aquelarres. 

Han sido  antropólogos, historiadores, investigadores y poetas quienes nos han narrado parte de esta historia de Brujería y por la que hoy  conocemos nombres y andanzas de estas brujas como: “La Dorotea, La Tía Casca, Las Galgas”, a si como el trágico final de algunas de ellas.  

Pero antes de profundizar en su vida y andanzas, me gustaría describir  como sería un Aquelarre, para que muchos de nuestros oyentes, conozcan, que quizá las brujas, fueron más perseguidas por otras razones diferentes, que las de sus supuestas malas artes o hechizos. 

“Es noche de principios de primavera, la luna nuestra en el firmamento su esplendor en cuarto creciente. El sitio elegido, es el mismo claro del bosque que se ha utilizado desde antiguo, en un lugar elevado, y lo más lejos posible de cualquier población y mirada ajena. 

Allí, un grupo de mujeres, pues es una reunión reservada solo a ellas, se disponen a iniciar el ritual. 

Las más jóvenes, portan varas de avellano bien trabajadas, otras se sientan ante pequeños tambores, y las que intervendrán en la danza mágica, se colocan cascabeles en tobillos y muñecas, incluso castañuelas. La hoguera está encendida, el macho cabrío que va  ser sacrificado atado a un poste, y el “unto” preparado. Un “unto” compuesto de de grasa animal de carneros jóvenes, al que se le ha añadido cera de abeja y la cocción y el polvo seco de algunas plantas: beleño, ruda, escabiosa, frutos de acebo, mandrágora.

Las mujeres van poco a poco poniéndose el unto por el cuerpo, sobre todo en axilas e ingles. Los tambores suenan y ellas comienzan a danzar haciendo sonar sus cascabeles según se mueven. Algunas cantan. No hay coreografía establecida. 
Empiezan a sudar y el unto hace su efecto. El calor aumenta y la mayoría se desnuda. El frenesí crece, y muchas de ellas toman las varas de avellano, las embadurnan de unto y se las colocan entre las piernas, rozando sus partes intimas. La reacción es rápida. 

Los alucinógenos de las plantas que están en el unto, les hacen tener la sensación de estar volando encima de sus varas, y algunas gritan poseídas por genios y fuerzas de la naturaleza. Después y de forma espontanea, se abalanzan en grupo sobre al macho cabrío, lo golpean, lo muerden, incluso se embadurnan con su sangre.

La furia decrece y las mimas sustancias que las llevaron al éxtasis, empiezan a provocar sopor. Se tumban para empezar a dormir profundamente tapadas por pieles. Después  tendrán sueños reveladores en los que entraran en un contacto más profundo con los espíritus del bosque, que les contaran sus secretos. 

Al amanecer, y conscientes de que han formado parte de un acto sagrado, comerán el cabrito, darán gracias a la tierra, al agua, al sol a las platas y los animales, y compartirán los mensajes recibidos en los sueños.” 

Esto sería la realidad de un Aquelarre. Realizado por mujeres, que realmente  eran las guardianas del saber de los árboles y las plantas, con las que elaboraban ungüentos y elixires, de recetas que fueron trasmitidas desde tiempos remotos. Plantas que aparte de la curación, facilitan el contacto con lo trascendente.

La elaboración de estas medicinas, junto con la participación en ceremonias y ritos heredados de viejos cultos paganos prohibidos y la práctica de religiones mistéricas, fueron las que unidas a la ignorancia, el miedo y la intransigencia de los poderes de la época, dieron como resultado una imagen que aun hoy, genera escándalo y debate.

Y su destino lo conocemos. Desprecio, humillación, la inquisición, torturas y por último la hoguera.

Pero volvamos a lo que nos cuentan las leyendas sobre estas mujeres que realizaron estos aquelarres tanto en el castillo de Trasmoz, como en sus y alrededores. 

Gustavo A. Bécquer, nos narra que la primera bruja que vivió de manera permanente en este pueblo fue “La Dorotea”. 
“Ella era huérfana y sobrina del Cura de la localidad, Gil el Limosnero, el cual la acogía. Tenía 18 años y ojos negros. Era melosa al hablar y amiga de emperifollarse y componerse con sus ribetes de envidiosilla. Cierto día cambio el agua bendita del frasco que su tío utilizaba todas las noches para bendecir los alrededores del castillo, y evitar así la llegada de seres maléficos al mismo, por un liquido que una vieja sirviente del mal la entrego.

Con este acto quedo establecido el pacto entre las fuerzas del mar, que desde entonces volvieron a utilizar el castillo para sus aquelarres, y la joven sobrina del cura. La cual se beneficio de preciosos vestidos y la liberación de arduas labores caseras, que realizaban desde ese momento un ejército de brujas, que tomaban forma de gatos y sapillos verdes. 

Pero las más famosas de las Brujas de Trasmoz, fue sin duda alguna “La Tía Casca” que vivió en este pueblo en el siglo XIX y que era descendiente de una dinastía secular de brujas que se suceden a través de la línea femenina desde los tiempos más remotos, y cuyos poderes, parecerían provenir de un misterioso unto cuya fórmula habría pasado de madres a hijas.

La Tía Casca además de volar y hablar latín en y lenguas salvajes o desconocidas, podía emponzoñar la hierba y envenenar las aguas del rio para matar las reses que bebieran. También disfrutaba echando mal de ojo a los niños y  rezando al revés las oraciones. 

Bécquer nos las describía así:
“Sus greñas blancuzcas que se enredaban alrededor de su frente como culebras, sus formas extravagantes, su cuerpo encorvado y sus brazos disformes” 

Parece ser que los habitantes de Trasmoz le imputaron numerosos envenenamientos de ganado y otras atrocidades, hasta que un día de 1962,  y como si de un Fuenteovejuna de esa época se tratara, hastiados por tanta maldad de la vieja, la llevaron a lo alto de un cabezo cortado a pico, entre cuyas peñas crecían aliagas y zarzales, y la despeñaron, no sin antes haber oído, invocaciones al diablo y rogativas a Dios.

Esta alternancia de invocaciones y rezos, hizo que no fuera admitida ni en el infierno ni el cielo, por lo que su espíritu anda penando todavía por esos lugares que corresponderían a lo que hoy en día es la parte trasera del cementerio de Trasmoz.

¿Pero existió realmente la Tía Casca o es parte solamente de la leyenda?

Desde el año 2000 el ayuntamiento de Trasmoz impulso la búsqueda de documentación en los archivos locales y entrevisto a posibles descendientes. Se llego entonces a la conclusión de que la Tía Casca se llamaba Joaquina Bona Sánchez que nació en el pueblo el día 10 de marzo de 1813 y que tras casarse con Tomas Pérez tuvo cuatro hijos. 

En los libros parroquiales se hallo esta anotación:
“El treinta y uno de Julio de 1960, Agustín García párroco de la villa, da sepultura al cadáver mujer de Joaquina Bona que murió el día anterior sobre las tres de la mañana, mujer de Tomas Pérez y que no recibió los santos sacramentos por su repentina muerte, ni tampoco testó a los cuarenta y seis años”

La Tía Casca murió, pero la tradición brujeril la mantuvo viva la familia. Una muchacha ya se lo advirtió a Gustavo Adolfo Bécquer:
“¡Toma, nota! Mataron a una, pero como que son una familia entera y verdadera, que desde hace un siglo o dos viene heredando el unto de unas a otras, se acabo con una tía Casca, pero queda su hermana, y cuando acaben con esta, que acabaran también, le sucederá su hija, que aun es moza, y ya dicen que tiene sus puntos de hechicera”

Cientos de hechos inexplicables, aparte de los contados han tenido lugar en Trasmoz, que más parecen mano del diablo o de la brujería.
En 1903 ruidos y voces extrañas interrumpieron el sueño de una familia. 
Procedían de la cuadra, hasta donde bajaron el matrimonio y un hijo. El padre llevaba la escopeta cargada, y al abrir la puerta no daban crédito a lo que se veía: todos los animales estaban bailando.; de pie sobre sus patas traseras los caballos, el mulo y unas cuantas cabras danzaban lanzando al aire voces y sonidos que imitaban a las humanas; un coro de gallinas cacareaba salturreando alrededor. Cuando los animales vieron que el dueño de la casa se disponía a disparar, ceso la algarabía y se volvió a la normalidad. 

Más allá de leyendas e historias verdaderas o falsas, el oyente podrá disfrutar de una visita inigualable si se acerca a este pueblo el primer sábado de Julio, cuando sus calles se llenan de visitantes que disfrutan de los puestos de la Feria de Brujería, Magia y Plantas Medicinales. Y que al caer la noche, ven como las calles de pueblo se llenan de representaciones vivientes de episodios de su historia, se degustan las típicas migas y se elige, en clara alusión a su pasado de leyenda, a su bruja de honor.

O visitar la localidad “La Noche de las Animas” donde niños, ancianos y visitantes crean y trasformaran enormes calabazas que serán encendidas y crearan un espectáculo de luz y tinieblas inolvidable. 

Recorrer las empinadas y estrechas calles de Trasmoz, descubrir sus placas de cerámica en las puertas de algunas casas donde se concedió el honor de ser elegida “La Bruja del Año”, encontrarse con los versos del eterno poeta decorando alguna fachada y dejar que la noche caiga y envuelva al viajero en un halo de misterio, fantasía y leyenda, es la mejor invitación que podemos hacer, para visitar este lugar mágico….       

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